Ya no tengo miedo, a nada. Se quien soy, se lo valiosa que es mi vida. Se que todo lo que he vivido hasta hoy -incluidos mis ancestros- ha formado la expresión de la divinidad que soy ahora. Vivo agradeciendo, respirando, admirando la vida en cada átomo que me rodea, maravillándome de la luz y de la obscuridad, aceptando todo con su polaridad, disfrutando cada experiencia en su totalidad. Ya no tengo miedo a mostrar el amor que rebalsa en mi corazón, a través de miradas, acciones, palabras. Ya no tengo miedo a compartir ese amor con una persona especial, a la que elijo para moldear y hacer crecer ese amor para nosotros y para el mundo. Ya no tengo miedo a morir, porque ya morí una vez y muchas veces. Vivo cada minuto con conciencia, respiro cada inhalación y cada exhalación con conciencia. Conciencia de quién soy, conciencia de quienes somos. Ya no tengo miedo de las miradas porque nada es ajeno a mí, porque las reconozco como mi propia mirada. Ya no tengo miedo de las palabras porque las reconozco como mis propias palabras. Hace mucho que ya no tengo miedo.